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La absoluta relatividad del Ser
Anteriormente, habíamos indicado que «alcanzar la iluminación» no era posible porque si se asume que iluminarse es estar en la luz, la cual es propia de la presencia de la Consciencia, este estado se vuelve natural en cada forma con la cual se expresa dentro de la manifestación. En sentido estricto, ya estamos iluminados y no podemos dejar de estarlo, resulta imposible ya que todo es parte de la Consciencia, reflejo del Punto Original.
Otro asunto es «la experiencia de estar iluminado». Y es ahí donde la mente nos encierra en su juego. Esta situación se da espontáneamente en contadas personas, sin razón alguna, pero a pesar de eso el humano no descansa en su búsqueda de experimentar aquel estado que considera «original», utilizando para aquello una serie de técnicas o rituales. Esto es producto de la ignorancia o la extrema ingenuidad. No es posible desde el movimiento continuo que sustenta el yo o ego, experimentar la quietud total del Ser. La quietud no entiende de movimiento, pese a su continua interacción, y por ende, todo camino que prometa llegar hacia ella desde ahí es una contradicción en sí mismo.
La experiencia del Ser no es posible a través de la búsqueda o movimiento incesante que realiza el yo o ego. No puedes ser quietud estando en continuo movimiento. O mejor dicho «creyendo» que eres el yo o ego. Para ese acontecimiento debes detenerte, y para eso la Auto-indagación es fundamental, ya que baja las revoluciones y regresa hacia el principio inmóvil de todo. Desde ahí, el Ser es reconocido y presenciado, y su expresión es posible volviendo al movimiento otra vez, sucediendo así los dos estados propios de la realidad simultáneamente e interactivamente, con el Punto Original, lo real, gobernante sobre ellos.
¿Cómo? Cuando un ser se sostiene en el pensamiento primigenio Yo Soy, llegará espontáneamente a experimentar aquel vacío de plenitud pura, aquella paz o quietud total donde solo prevalece la «sensación de Ser», algo inexplicable e inentendible que permanece atemporalmente hasta que se intenta, naturalmente, dar alguna descripción (movimiento) de ese estado. Entonces se vuelve irremediablemente en el terreno de las formas, las ideas, los conceptos, las sensaciones. Aquello demuestra que la experimentación de lo real no es posible en sí mismo, sino solo dentro de la realidad manifiesta, a través de ideas momentáneas. Es aquí, en este digamos «descubrimiento» donde se comprende que lo atemporal y lo temporal se interrelacionan, se complementan, no son dos, ni una, son no dos.
Esta comprensión llegó luego de tres experiencias que me sucedieron. Resulta complejo el lograr una abstracción del asunto, ya que lo que se siente en esos momentos no tiene un origen predeterminado ni tampoco un símil adecuado. Trataré igual de ser lo más honesto y explícito.
Recuerdo que la primera vez estaba escribiendo parte de este libro, y al salir de la oficina y encontrarme con mi esposa para comer, de manera abrupta una sensación invadió mi ser. Era como estar vacío pero satisfecho. Comparable a una paz silenciosa, me encontraba en una dicha profunda que daba la impresión de que lo sabía todo, que no había nada más que buscar, que todo fue consumado. Mi propia esposa se dio cuenta de ello, ella siempre tan perceptiva y sensorial, diciéndome que sentía una paz profunda que reflejaban mis ojos. Cuando quise verbalizarlo, explicárselo, no encontré las palabras adecuadas, hasta que inicié el proceso de conceptualización de ese estado, con el afán de caracterizarlos y transmitirlo. No fueron más de 30 minutos en esa gracia total, para que luego el ejercicio diario y continuo de la mente vaya diluyendo la experiencia.
La segunda fue un reconocimiento del Yo Soy instantáneo. Como una explosión. Acostado un día en mi cama intentaba meditar y refunfuñaba internamente por mi incapacidad de dominar mi mente para ver aquel «yo soy» que tanto pregonaban los libros que mi intuición primera me hizo revisar. Mientras me reprochaba a mí mismo la imposibilidad de conseguir ese estado, tomé de repente atención en ese «mi mismo» de donde el reproche salía y en donde también terminaba. EUREKA. ¡Había estado ahí todo el tiempo! El reconocimiento abrupto de la Consciencia como el Yo hizo que una amplia sonrisa dibujara mi rostro. Todo estaba ahora claro.
La tercera es quizás, la más profunda de todas. Sobrevino al momento de meditar, que por cierto no es un ejercicio seguido que practico. Al meditar no busco ni espero nada, solo cierro los ojos y estoy atento de cómo pasa el tren de la experiencia. Siento todo lo que permito distinguir. Sonidos externos, internos, dolores en articulaciones, pensamientos que se agolpan en medio de los ojos. Normalmente hay una sensación como si todo aquello estuviera situado encima (no dentro) de mi cabeza.
Esa tarde de sábado, mientras aquello sucedía, de repente las sensaciones o ideas corpóreas desaparecieron. Donde debía estar una pierna, no había sensación de pierna, sino de ausencia. Igual los brazos, la cabeza, todo. No hay entonces una evidencia de que «yo» estoy ahí. Ángel se ha ido. Al no sentir el cuerpo, no tenía ubicación espacial y el tiempo se esfumó. Las cosas que narro aparecían de golpe, como flashbacks. Hay momentos en que todo paraba, desparecía y regresaba con la misma mecánica, como si cayera en el sueño profundo, pero incluso tenía conciencia de ese ir y venir. Sentía que algo observaba todo lo que estaba y luego no estaba.
En una de esas «vueltas» tuve una clara percepción de que realmente no hay, no había nada en ese lugar, pero incluso ese vacío era sentido, conocido. Hablo de un vacío o nada pero no conceptual, era algo vivido pero en ausencia de todo lo que pueda describirse. De pronto, dicho vacío pasó a una sutil «sensación de ser», que era penetrante y pacífica. Era la percepción total de existir sin ningún tipo de verbalización, ni idealización, ni imaginación. Era la plena convicción de que era, ahí en la completa ausencia de los objetos, de los pensamientos y sensaciones. No está Ángel más, la idea de individuo no me acompaña, pero sé que soy. Todo era yo, todo soy. Aunque no había en realidad algo como un todo, o una nada. Solo Ser.
De repente, el conocimiento del momento, golpeó como un rayo en la experiencia: ¡Soy! grité en silencio. Y con ello, la mente empezó a operar, a querer fragmentar, lo que causó una desazón instantánea, pero de inmediato, una compresión profunda: no hay tal separación porque temer. La sensación de ser, y luego el conocimiento de que yo soy, son experiencias espontáneas que suceden en «eso» que soy y solo puedo ser, pero no saber qué es.
Luego de toda esta alucinante experiencia y revelación, en algún momento me rendí ante el sueño profundo. Desperté y vi en el reloj que dos horas habían pasado. Me invadió la interrogante ¿estuve soñando?, pero la duda se disipó porque la percepción de lo experimentado era de una lucidez total, incluso superior a la anquilosada experiencia de la vigilia rutinaria. Además, mis sueños durante cerca de 30 años de existencia corpórea, suelen borrarse y aparecer luego como recuerdos bizarros, y esta vez no, en esta ocasión, lo que pasó fue un encuentro con lo que soy que resplandeció completamente. Es en la presencia de ser, del reflejo, del conocimiento de sí mismo, donde la sabiduría última es posible. El Punto Original es sin necesidad de saber que es, pero es sabiendo que es, donde se reconoce, y todo se manifiesta, incluso esta comprensión.
Estas experiencias sirvieron para entender algo base: la conceptualización de lo real en la realidad asume la estructura del pensamiento ilusorio o momentáneo del individuo. Es decir, la sustancia asume la forma del envase que lo contiene. Es por tal razón que toda experiencia «mística» hacia la quietud desde donde se refleja el Punto Original se presenta en el mundo físico desde distintos matices, todo ellos condicionados al modelo de vehículo que poseen para ponerse en movimiento. De ahí tantas versiones distintas del Ser, tantos Dioses, tantas religiones, etc. Indiscutiblemente es necesaria la realidad para que lo real sea conocido y pueda también re-conocerse, pero, las imágenes que este proceso continuo recrean en la mente del hombre, en el cuerpo psíquico, son ilusorios y momentáneos, por tanto efímeras. Terminan siendo siempre el dedo que apunta a la luna.
Eso es lo que llamo «la absoluta relatividad del Ser» o «el movimiento de la quietud». Estas frases engloban desde mi percepción la forma universal de expresión de la Consciencia, cuya compresión o el «darse cuenta» de cómo opera, se da a través de la Auto-indagación.
La Auto-indagación en el ser humano, evidencia la continua comunicación que tiene la Consciencia con el Universo, que tiene el Ser consigo mismo. Es así como la Consciencia crea y reproduce una realidad donde es protagonista y espectador, dualidad que ejerce y reconoce al avanzar hasta su expresión más detallada, el ser humano, desde donde es capaz de observarse a sí mismo a través de experiencias duales complementarias y momentáneas, y de donde partirá de nuevo hacia sí mismo, reproduciendo simplemente la misma fórmula en sentido inverso, completando el círculo.
Aunque la experiencia de la realidad se encuentra también en lo momentáneo, este es terreno actual del yo/ego y solo con la comprensión total de su significado nos es útil. Una vez que las formas han sido trascendidas, pueden ser utilizadas para señalar lo real. Con la des-identificación del yo, y posteriormente del Yo Soy, somos capaces de percibir que somos el Ser total e indiviso y que todo lo que aparece en nosotros, es tan solo un reflejo (del Ser). Lo momentáneo es Conciencia expresándose, viva, volátil, incierta, y si en algún momento caemos en la magia de los opuestos complementarios, ser capaces de volver hacia la única imagen que puede mantenernos fijo en lo real, dentro de la realidad, que es la del conocimiento de sí mismo, que es el mismo perceptor.
Ser y hacer en la «absoluta relatividad» que abarca todo, como realidad intrínseca que conceptualiza lo real. El sujeto y el objeto, la quietud y movimiento son expresiones mediante las cuales la Consciencia toma conciencia de sí y mantiene su perenne Auto-indagación. Reconocer lo real, es vivir en lo irreal. Darse cuenta de lo que soy es abrazar lo que no soy, y es en este juego infinito que lo no dual se regocija eternamente a través de la multiplicidad de las formas que no necesita para Ser, pero que a través de ellas, se conoce.
Por eso ¿qué soy yo? Yo soy la absoluta relatividad.
Des-identificar el yo, reconocer el Ser
¿Quién soy yo? A esta pregunta respondemos todos en algún momento de nuestra vida de forma inmediata, casi mecánica. Pero ¿alguna vez nos detuvimos a revisar qué tan ciertas son las respuestas que damos al respecto? ¿Realmente definimos quiénes somos? o ¿Nos escuchamos cuando repetimos las cosas que creemos nos conforman, que nos hacen ser?
Voy a utilizar mi propia historia para poder examinar rigurosamente si todas las formas, imágenes y posturas que asumimos como propias son realmente descriptores de nuestra esencia. Es decir, cuáles abarcan a nuestro ser, y cuáles se quedan en el cuerpo físico y psíquico, alimentando al yo. Este ejercicio de Auto-indagación permite observar de manera contundente qué somos en realidad, y en cambio qué asumimos que somos desde la perspectiva del ego individual.
«Yo soy Ángel Largo. Tengo 30 años. Nací en Guayaquil, en la costa de Ecuador. Mis padres son Ángel y Rosa y mis hermanos, Cindy y Ricardo. Me criaron en la ciudad de Durán, me gradué de Físico-Matemático en la secundaria y luego estudié Comunicación Social en la Universidad. Trabajo como periodista. Me casé con May, mi novia de 5 años y tenemos un hijo, Roger Adrián».
La descripción de arriba, es un mapa de lo que el concepto YO SOY ANGEL LARGO, significa. Cada uno de nosotros, cuando nos preguntan o preguntamos ¿qué somos? iniciamos un recordatorio de todo lo que hemos hecho, lo que nos rodea, los que nos rodean en el transcurso de lo hecho y los resultados de las elecciones en el tiempo. Es un ejercicio mental común y universal que todos han repetido mínimo alguna vez en la vida. Pero ahora, vamos a revisar detenidamente cada uno de estos decretos que repetimos una y otra vez como contenido de lo que somos, para conocer qué tan reales son.
Ángel Largo. Un nombre es una denominación a través de unos signos (letras) en un lenguaje aprendido para identificarse y diferenciarse de los demás, asumiendo la individualidad, propia del yo, como norma. En mi caso particular, ni siquiera cumple su función a la perfección, ya que en mi caso mi nombre es idéntico a mi padre, lo que siempre causó confusión en casa.
La identificación funciona más bien como un código, un sistema de símbolos y de reglas que permite formular y comprender algo, que soy yo en este caso. Para que las personas, las instituciones, la sociedad pueda observarme, distinguirme, necesito una identificación. Mi nombre es ese símbolo que determina al yo. No obstante, mi esencia no es un código, no es una identificación, soy ese «algo» por comprender u observar. Antes de que me llamaran Ángel, ya era. Soy el que asume este nombre. Así que por deducción, mi nombre no soy.
Otro asunto implícito aquí es el género. Ángel Largo sin duda hace referencia al género masculino. La identidad sexual con el pasar del tiempo se ha comprobado no está delimitado por condiciones fisiológicas, sino por «la elección de ser». Usted no es hombre y mujer hasta que se observa y lo asume o no (como cualquier otro concepto), teniendo libertad de acoger otras denominaciones como gay, transexual, etc. las cuales son también ideas asumidas. Todo lo que se elige puede cambiarse, «aquel» que elige, no cambia. Por tal razón, mi género no soy.
El sexo aunque, delimitado en dos opciones: hombre y mujer, tiene un inicio peculiar. No se hace visible inmediatamente después de haber sido creado un nuevo individuo. La célula que le da origen (cigoto) no posee identificación hasta después de varias semanas, por lo que nuestro comienzo físico es asexual, y el sexo aparece después. La primera versión de nosotros es ser humano.
Tengo 30 años. Primero hablemos de la acción tener. El tener no es Ser. Tener es poseer, obtener, conseguir. Nada que se tenga u obtenga, afecta al Ser, y las formas son solo un estado que la sustancia original adopta para la experimentación en la Lo Manifiesto.
Tener un cuerpo no es ser el cuerpo, tener sentimientos no es ser los sentimientos, tener pensamientos no es ser los pensamientos, e igual sucede con las sensaciones, emociones, disgustos. Toda expresión de placer y dolor que experimentamos, llegan y se van, se obtienen. Somos aquello en lo cual «suceden» estas cosas.
Ahora, los años como ya sabemos, son una forma cuantitativa de comprender el movimiento constante de Lo Manifiesto. El tiempo no te sucede a ti, sino que sucede en ti, ya que es subjetivo, producido en el cuerpo psíquico. En estricto sentido, tener años es algo que nos pasa, no que somos.
El Punto Original no se moviliza en el tiempo, es la referencia externa e interna, sin afectación por el movimiento, donde las cosas suceden. Es quietud y silencio perenne. Por tanto, tenga la edad que tenga, mi edad no soy
Nací en Guayaquil, costa de Ecuador. Nacer es una acción, es decir, una fuerza que permite el movimiento. ¿Qué es aquello en donde esa acción o movimiento sucede? La Consciencia es mucho más temprana que mi aparición física en la Tierra. Por tanto, la sensación primigenia del Punto Original antecede de por sí mi nacimiento y el de todos.
Podemos ir más allá aún. Anterior y posterior a la Consciencia o Punto Reflejo, el Punto Original ya era, es y será. Realmente yo nunca nací. Sin embargo, para la experimentación, nacer en Lo Manifiesto es algo que me ocurre, no que soy.
En esta perspectiva, es obvio que la idea de un lugar es circunstancial. Dentro de la visión fragmentaria con la que entendemos el mundo físico, propio de la aparición del ego o cuerpo psíquico que sostiene la idea del individuo, las sociedades formadas replican ese criterio dividiéndose por límites o coordenadas imaginarias sujetas a la historia y memoria, es decir, en conceptos mentales. Sea al norte o al sur, este u oeste, África, Asia o América, todo es un mismo mundo que aparece en la Consciencia. Uno puede prescindir de la nacionalidad y seguir siendo sin ningún problema. Por tanto, mi nacionalidad no soy.
Mis padres, Ángel y Rosa. Partes de este proceso natural de evolución, mis padres trasmitieron su información genética, social y cultural a mí, desde la cuna. Pero como expresiones físicas de Lo Manifiesto, también son originarios de la sustancia indivisible. El Punto Reflejo manifestó el sujeto, el objeto, el movimiento, la energía, la materia, la vida orgánica, células, plantas, animales, el hombre. De esa transmisión evolutiva vienen mis antepasados y vengo yo, y pasará a mis hijos, nietos y bisnietos. Pero, ¿Qué se mantiene incólume, constante, perenne, inamovible? La Consciencia.
Así como yo no soy el nombre, ni la nacionalidad, ni la edad. A ellos, mis padres, manifestaciones de la Consciencia en la materia, tampoco eso los gobierna. En el movimiento natural de la evolución jugamos roles, pero en la esencia misma de las cosas, somos los mismo. Por tanto, yo no soy hijo, ni tampoco soy padre, porque también son acciones asumidas. Entender que en realidad somos lo mismo, libres de las formas, y aceptar ello con total paz, es amor total.
Me criaron en la ciudad de Durán, me gradué en la secundaria y luego estudié Comunicación Social en la Universidad. Desde que la conciencia del yo aparece en el niño, comienza la mente su labor de acumulación de proyecciones mentales, en el movimiento constante cuantificado como tiempo, que le permitirá formarse una imagen de sí mismo con la ayuda de la memoria. Dónde se nace, se vive, el entorno, la cultura, las personas, las ideas de la sociedad, se absorben como esponja y van recreando a un yo que asume cada una de estas acciones, las conceptualiza y guarda como parte de sí. Pero el Ser no es un concepto, ni una imagen, ni una cultura o educación aprendida. Es aquello donde aparecen los conceptos, e incluso la idea primera, de ser un yo. Sin todo lo aprendido, aún vacío de conocimiento, sigo siendo ¿o usted no era antes de saber que era? Entonces, el lugar donde crecí y todo lo que aprendí, tampoco soy.
Trabajo como periodista. El Ser y hacer no es lo mismo. El hacer es acción. El Ser es donde el hacer sucede. Todo lo que se haga pertenece al Ser, pero no es él. Muchos creamos una gran imagen de nuestro hacer que termina apoderándose del Ser que somos en realidad, con la desventaja que este hacer, como toda expresión manifiesta, es momentánea, volátil, cambia, se mueve. Entonces nuestra idea de lo que somos se distorsiona, toma distintos estados, algunos no tan placenteros.
El trabajo es una acción, un movimiento, una expresión. Un título es un signo que se pone al lado de otro signo que es mi nombre. Ninguno de ellos son necesarios para Ser, sí para subsistir, pero no para existir. En el movimiento la acción es necesaria, pero para quien soy en realidad, la quietud lo abarca todo. Por lo tanto, lo que hago no soy.
Me casé con May, mi novia de 5 años y tenemos un hijo. El amor es parte de la Consciencia, es una expresión que se manifiesta en la Creación. Simboliza lo más hermoso, puro y bendito que existe entre los hombres, ya que nace del anhelo de volver al origen, el deseo de las formas de regresar a lo no dual.
Como parte del proceso individualidad que asume el ego, hay muchas fragmentaciones del mismo amor: filial, romántico, físico, platónico, etc. situadas todas en la necesidad de expresión para su formación. De dos para su existencia. Lo que soy es UNO y es amor puro. Del amor de dos es posible la existencia física, pero el amor real es un todo. El verdadero origen de esos dos amantes. Entonces, la expresión del amor basado en la necesidad de la experiencia y los títulos que resultan de estas: novio, esposo, amante, etc., no soy en realidad.
Al des-identificarnos nos damos cuenta que el yo, como cualquier objeto, es momentáneo o prescindible. Lo mismo sucede con las formas químicas y físicas que se materializan en el cuerpo humano. Son expresiones libres que se sustentan en el vacío, el Todo/Nada que llamamos Origen. Son objetos también, y los objetos no son conscientes de sí mismos ni del resto. Mírese un momento: su cerebro no es consciente de sí mismo, ni su corazón, ni su lengua, ni su pierna. Un objeto no observa ni define otro objeto. Se transforma sí, es por eso que una célula se separa en otra y otra y luego millones conforman estos mismos órganos, es un movimiento continuo, casi frenético. Pero es solo el Ser, el conocimiento de sí mismo, lo que determina qué es y cómo es algo. Al impregnar cada uno de estos objetos, incluido el ego, toman VIDA. Es aquello que permite que todo exista, nada puede ser sin él, y todo lo que vemos y experimentamos se sostiene en eso.
Desmenuzada la respuesta a la pregunta ¿Quién soy yo? Hemos podido darnos cuenta lo que no soy. Yo no soy el cuerpo, ni el género. No soy el nombre, ni la edad, ni la nacionalidad o cultura. No soy la educación aprendida, no soy padre, hijo o hermano. Ni tampoco soy la expresión de un amor necesitado. Sin todas estas cualidades, que no soy, ¿qué soy realmente? Pues aquello que hubo antes de todo eso y que las observa y contiene. Incluso, lo que soy está libre de preguntas o respuestas, es decir, no se determina por el «conocer», porque ello se elabora después y a través de lo que se ES.
Esta última premisa es fundamental. Con la Auto-indagación, incluso se observa que la misma pregunta ¿Quién soy yo? sucede dentro de lo que ya Es. Hay un espacio entre cada pregunta y respuesta, entre cada pensamiento y sensación que se mantiene intocable, siempre presente. Cuando intento preguntar ¿Quién soy?, es la misma respuesta quien genera la duda. Por lo tanto, la pregunta queda anulada, se borra eternamente.
El final de la búsqueda
Esto es quizás lo más complejo de solventar porque, quien desea algo, busca algo, y a través de ello, el yo se alimenta, respira, existe. Es el mecanismo o proceso adyacente a ser humano: ir más allá, siempre debe haber más. Sin dudas, es algo que nos consume y engulle a diario, esa necesidad de siempre esperar lo que viene, lo que será, lo que queda por alcanzar o cumplir. La eterna expectativa.
Cuando me detengo a pensar en por qué sufrimos, sin duda la necesidad de «llegar a ser» es la respuesta contundente. Hemos sido moldeados como individuos incompletos, defectuosos, cuya felicidad o completud se encuentra en alcanzar alguna meta, objetivo o sueño allá en el horizonte, el mismo tragaluz que por arte de magia, se aleja cada vez más a la par que nos alcanzamos. Ser esquivo es su naturaleza.
Todos descansamos en el dolor de la esperanza. El hombre espera siempre amor, reconocimiento, fama, poder, seguridad, sabiduría. Todo acto que se realiza está enmarcado en el deseo enmascarado de obtener algo, de poder cambiar ese estado actual odioso del presente inmediato donde la carencia de aquello que creemos nos hace falta, nos hace completamente infelices. Incluso el hombre religioso espera la vida eterna como resultado de su práctica. Nada que esté dentro de la construcción mental que conforma al yo, puede estar libre del deseo.
La esperanza es anhelo que ha sido distorsionado y confundido. Quien vive de la esperanza no vive de lo que es ni lo que tiene, sino de lo que puede llegar a ser, tal vez. Es una expresión de la vida atada a un futuro que no existe, y que minimiza a lo presente, a lo real que no varía ni se inmuta. Y es que justamente el yo cuando se ancla en lo real, en el ahora, en la quietud, sucumbe. Por tal razón se aferra a la esperanza, a lo que vendrá, y todos aquellos que no reconocen el juego del ego, son arrastrados a sus dominios.
El «darse cuenta» del auto-engaño del ego, rompe el vínculo con la esperanza. Deja que los deseos sean y se realicen, porque reprimirlos es sólo alentarlos, pero observa la inutilidad de los mismos. Cuando el individuo es capaz de comprender la insaciable rueda del deseo, la búsqueda para por completo. Ya no hay nada a qué aferrarse, pero tampoco hay necesidad de aquello, porque la entidad que dominaba la existencia ha bajado la guardia.
Recuerdo que yo vivía en una continua búsqueda y aquello me atormentaba a la vez que me alimentaba. Es una droga en realidad. Incluso el tema de alcanzar la iluminación representa el juego del yo. Vivía esperanzado en que en algún momento «algo» iba a ocurrir, algo trascendental como las historias de los maestros iluminados relatan. Pero nada. Todo seguía igual y mi estado seguía siendo un continuo esperar, hasta que lo vi todo…
…Y fue cuando entonces ¡nada pasó! Pude comprender realmente que nada debía ocurrir, porque todo siempre estaba siendo. Me di cuenta que no puedo esperar amor porque Yo Soy amor, que no puedo esperar poder porque Yo Soy poder, que no debo esperar reconocimiento porque ya me conozco, sé quién Soy, y nadie más que Yo puede saberlo. Que no puedo esperar seguridad porque en este Universo Manifestado ¡lo únicos seguro es que te mueves! Que no puedo esperar a la sabiduría porque es justamente aquella la que me dice AHORA que esperar no es necesario, ni nunca lo fue. Incluso el esperar que la vida sea eterna sucumbe, ya que aquello que buscaba inmortalidad, el yo, ha sido puesto en su lugar, y pese a que no puedo decir que haya desaparecido, como sucede en las iluminaciones espontáneas, al menos soy consciente de lo que es, para qué sirve, y hasta dónde puede llegar.
Siendo completamente abierto y sincero, en esta parte del libro donde me permito ser más vivencial, sé que mi yo no ha muerto porque tengo esa curiosidad por «experimentar» esa «dada de baja» que tiene el mismo yo en la «iluminación espontánea». Pero gracias a la Auto-indagación pude darme cuenta que no es condición ni necesaria ni suficiente para Ser. Tal vez algún día llegue, tal vez no se dé nunca. Es posible que mi yo subsista hasta el final de mis días corpóreos. ¿Habré acaso fracasado por eso? ¿Puedo Yo fracasar? Miro a las flores ser flores. Al tulipán ser tulipán y al girasol ser girasol, y no siento que ninguno de los dos fracasó por ser lo que ES cada uno, completamente distinto al otro.
No podemos dejar de desear, como expresiones de la Consciencia, como dibujos que parten del Punto Original, es propio de la esencia del hombre la experimentación total de la Manifestación. Lo que sí podemos hacer es comprender la futilidad del deseo y no ser presa de él. La observación de su funcionamiento nos libera automáticamente de su prisión. Así somos capaces de seguir el movimiento perpetuo de la vida y soltar las expectativas, ya que comprendemos que sea cual sea el resultado de una acción, nos permitirá expresarnos como respuesta. ¿Acaso no es eso lo único que hacemos sin necesidad de una meta: vivir? Todo lo demás se presenta condicionado para la satisfacción del ego. El «darse cuenta» asimila todo eso y nos hace esta pregunta:
¿Usted ES ya o prefiere pasarse la vida esperando ser algo?
Yo Soy.
Ahí está mi respuesta. Ahí está el final de la búsqueda.
La libertad no está en el individuo
Quizás esta sea la consigna más difícil de aceptar, y a la vez, la más liberadora y conmovedora de todas. Criados desde pequeños, en cualquier parte del mundo, con el mandato de valernos solos en esta tierra donde no hay en quien confiar, la sola idea de ser parte de una sola Esencia que nos resta la independencia tan preciada por la cual hemos combatido desde que nacimos, asusta, ya que estamos abocados casi inconscientemente a una lucha por la «libertad» que cada ser libra en su vida como meta inalcanzable, ya que al final, todos dependemos de algo.
Lo que busca el ser humano con tantas ansias está a la vuelta de la esquina, en un simple, pero contundente, cambio de perspectiva. Krishnamurti lo dijo un día «la libertad no es un fin, es el inicio», y con esas palabras desbarató por completo el plan de una sociedad confusa y violenta, rasgos que se nutren de aquella búsqueda implacable para resaltar, separar, ir a la vanguardia de los demás, llegar a «ser libre», a pesar de no tener claro lo que significa esa expresión.
Libertad es la potestad de ser sin ataduras, sin máscaras, sin ninguna forma, objeto o sujeto que pueda tener control o sobreponerse a nuestra intención. Libertad es SER. Está justamente retratado en la frase antes nombrada, «ser libre». No necesita de nada más el ser humano, ya que su condición de expresión manifiesta del Punto Original, Consciencia, del Ser, le da por antonomasia libertad, siempre y cuando, reconozca esta cualidad a través del conocimiento completo y total de su realidad.
Y reconocer esta realidad, es el paso inicial hacia la libertad. El humano vive atado a las formas, a su cuerpo, a su mente, a las imágenes que crea su mente, a las modas que viste su cuerpo, a las ideas que la mente de otro moldea sobre libertad. Sale y busca libertad entre los grilletes que la encarcelan, busca libertad entre las sombras que la ocultan, busca libertad entre los efectos del desconocimiento de que la causa de ella es uno mismo, y nada más.
La libertad pasa entonces por el conocimiento primero, del individuo. En su concepto etimológico, individuo es aquel que no se puede dividir, y que representa una unidad independiente de otras unidades, siendo la suma de muchas partes, que no pueden ser por sí mismas. El hombre contiene en sí varias partes: un cuerpo físico, un cuerpo psíquico, un yo o alma, todas ellas expresiones manifiestas de la Consciencia. En la unión de estas formas, surge el humano como figura objetiva, observada y tangible símbolo de la unidad.
Las mismas partes que conforman un individuo son las que lo diferencia «del otro». Las millones de formas posibles en que la Consciencia se expresa definen las características distintas que cada unidad asume y que lo identifica hacia el exterior. Elementos indispensables para la interacción, ya que permite llevar al límite la probabilidad de experiencias que el Ser puede vivir dentro de la Manifestación.
Pero es en este vaivén de olas que el humano olvida que es el océano. Ninguna ola es igual a la otra, pero su origen y sustancia es la misma, agua, donde nacen y mueren una y otra vez, continuamente. Una tras otra se manifiestan, con distintas características y de manera individual, pero todas llevan en sí la huella inconfundible de su esencia primaria, aquella inmensa masa que las crea, abraza, acoge y recibe.
Como las olas, el humano aparece en millones de presentaciones distintas bajo una sola esencia, la Consciencia, en el océano del movimiento continuo. El Ser que es indivisible y que no depende de partes para su constitución. Es así que la figura del hombre es individual, pero su «realidad» abarca una totalidad que encierra y asume a ese individuo. Desde el punto de vista humano, llaman aquello «sociedad», y si suman a la vida manifiesta, le llaman «Tierra».
En el océano del universo, de la Tierra, de la sociedad humana, nuestro origen no dual nos lleva a recrear una manifestación interconectada, donde el individuo es parte de una red que tiene una sola central de poder. Nuestra libertad está sujeta a comprender que no somos el individuo, sino la fuente de donde proviene, y que necesita para su materialización una relación con el resto de unidades que lo componen. A esto llamamos interdependencia, la comprensión total de que dependemos de lo que nos rodea para el desarrollo de nuestro potencial y el de todos.
Esta no es una mera concepción de social, sino una realidad sujeta a la mecánica de lo existente. Dentro del movimiento de lo manifestado, todas las formas que surgen de ella deben armonía al proceso fundamental para su expresión. La transición por el movimiento cíclico no tiene por qué ser definido por la irregularidad de sus fenómenos, sino más bien, ser asimilado desde la constancia y uniformidad de su generador.
Ser libre es la cuestión, y en el reconocimiento del Ser está la clave. Un Ser que se expresa en formas individuales que son dependientes entre sí para la experimentación. La independencia que proclama la libertad de los hombres es contraproducente en sí misma, ya que fomenta la separación que sólo puede traer confusión, a la vez que proclama a las formas excluyentes de su fondo. Como si el hombre pudiera ser sin la luz de la Consciencia, como si la ola pudiera ser sin el océano. Si queremos ser libres, tendremos que partir de la esencia que no depende de nada para ser, y ese es nuestro centro. El Punto Original es la libertad total, única y está presente en cada forma de vida. Nuestro principio es la libertad, y en el círculo de la vida, nuestro final también. Las formas que cada uno adquiere en ese redescubrimiento de su realidad, no pueden modificar ese axioma.
Está en el conocimiento del trasfondo común de todo, de que Todos somos Uno, el potencial para disfrutar de la experiencia del vivir sin estar atado a los resultados, los cuales pueden ser infinitamente diferentes. No olvidemos que de la paz partimos y a la paz volvemos, luego del movimiento constante al cual todo está adherido. Seamos individuos que asumen la interdependencia como el estado natural en el Movimiento, a través del conocimiento profundo de nuestra realidad. Sólo así, a través de la auto-indagación, nos despojamos de todas las cadenas que tienen preso al hombre, ya que reconociendo nuestro estado real, la libertad es en sí misma, lo único que hay.
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